Cuarentena

Con esto del covid-19 llevo una semana encerrada en casa con el peque y el perro. Hoy escribo desde el aborrecimiento, aburrimiento y permitiéndome ser ese lado de mi que me incomoda. Me dijeron que los colores grisosos, siguen siendo color…

No se emocionen que no voy a contarles románticamente sobre los momentos hermosos que he tenido con el peque en estos días.

Me hubiera gustado mejor contares unas crónicas de mi nueva rutina cuarentenosa, con los ejercicios de yoga cada mañana, las clasecitas del nene y hasta ponerle fotos de los ricos menús que he hecho, pero tampoco.

Ni voy a hablar del trabajo que conlleva estar todo el día regando, cocinando, entreteniendo a la cría, estar al día con los chistes en las redes, los partys de yamil, bregar con la culpa de ver al nene viendo mucha tele. Proponerme proyectos que siguen en pausa, Ni las lecturas que se rien de mí cuando veo Netflix.

Pensaba que sería bueno hablar de todo el rato que se tiene para dedicarlo a los pensamientos, sentirse pa dentro y hasta volverse a topar con viejos pensamientos que creía que habían trascendido, pero esa cueva sigue estando oscura.

Espero que no estés esperando un análisis positivo de mi parte a este encierro, aunque me parece que eso de que la tierra está respirando un poco es algo bien chulo. Me encantaría escribir de cómo este rato es de unidad familiar y todo hermoso, pero ayer pelié con mami y estoy segura de que este encierro no es encantador para todas las familias. Hay familias sin casas pa’ encerrarse, sin paz pa’ convivir, sin comida suficiente, sin wifi, sin techo seguro y la violencia de género se ha disparado.

Ya vete haciendo la idea que no tengo una moraleja muy concreta de estos días medios nublados. La verdad es que esto que estamos viviendo es rarísimo. Como yo me siento hoy. Invita a cuestionarse qué tan cerca está eso de que el mundo nos va a pasar factura. A ratos aflora el miedo por mi pequeño. Me calma pensar que estas nuevas generaciones tendrán sus habilidades y medios para bregarla. Pero tampoco tengo ánimos para profundizar mucho en eso. Me aterra imaginar el status de nuestro planeta de aquí a quince años…

También me pregunto si en algún momento llegará algo de calma para esta isla. Que si María, los terremotos, la junta, la pobreza y ahora esto. El pisamos y no arrancamos, me tiene como mareá. Yo ni entiendo bien para donde vamos, qué está pasando y hasta me encontré frente al espejo preguntándome en quién me estaba convirtiendo. Al menos me retumban las palabras de comadre cuando dice que antes de un gran cambio hay una fuerte caída.

La cuarentena me tiene bebiendo mucha vitamina C, a ratos me distraigo, a rato me aborrezco y si no te has dado cuenta no voy a escribir nada en concreto y me perdonan si conmigo se perdieron, pero hay días que esa energía rica está en reposo. No es fácil accederla. No tengo que estar bien. No me da la gana de estacionarme en alguna idea, pues estoy encerrada en casa, con proyectos en pausa y con la mente con una fuerte marea.

Tampoco te voy a recordar que te laves las manos, ni que consideres a tu vecindario, ni preguntarte si te sientes igual que yo, ni pedirles que me entiendan. La cuarentena trae consigo soledad y esta tiene sus encantos, sus misterios y sus desiertos. Yo los estoy viviendo todos. El descanso nos era necesario, el nene está en su espacio sin prisa, al fin, agradecida de mi casa, mi comida y por supuesto la yerba, pero ni voy a disimular el aborrecimiento, ni el miedo y mucho menos resonar con el chiji chija enciérrate ya. Ahí vamos de rato en rato, día a día. Las luchonas nos caemos y yo me quiero quedar un rato tirá. Eso también está bien. Supongo…

  • La luchona