Ser mamá a veces se me parece a una prisión.

A veces siento deseos de volver a ser madre. Pienso en volver a gestar y parir otra vida. A este pensamiento siempre le sigue la duda. Dudo sobre lo que siento y lo medito. Casi siempre logro convencerme rápidamente de que eso no es lo que en verdad quiero. El vaivén de este querer me atormenta y me ilusiona casi todos los meses, y coincide mucho con el tiempo en que está por llegar mi periodo menstrual. ¿Es acaso un deseo de mi cuerpo? ¿Es mi mente que tiene muy presente el correr de mi reloj biológico junto con la idea de que me deben quedar menos óvulos que a otras chicas de mi edad que no han sido intervenidas con procedimientos ginecológicos? Tengo 29 años, un ovario reconstruido desde los 21 y un cuello uterino quirúrgicamente modificado a los 23. Todavía estoy en lo que llamarían "edad reproductiva" y parece que cada vez que va a llegar mi periodo mi cuerpo se empeña en desear generar vida, gestar algo capaz de llenarme plenamente, o algo capaz de volverme loca. Este es un problema que tengo. Puede entenderse como algo sencillo, no es para tanto, pero para mí es profundo y solitario. Todavía me pregunto si quiero volver a ser mamá, aún sabiendo que el proceso me puede llevar a sentir que me he vuelto loca. Sí, le tengo miedo a mi locura, no la niego, reconozco lo buena de ella y le doy su espacio. No quiero ir hacia allá como fui antes, con la entrega rendida y desmedida de ilusiones, pero entonces siento que, si no soy capaz de darme así de nuevo, será injusto para alguien más. Y me recuerdo que, por sobre todo, si voy hacia allá con las formas ya conocidas, será injusto para mí. Hay más, eso no lo es todo, nunca es una sola cosa. Hay, entre otras cosas, algo de vanidad también, un poco de resistencia, y otro poco de deseos de alguna "libertad" que a penas me acerco a imaginarme. Al menos eso me dice la parte de mí que me juzga más duramente. La otra parte me dice que merezco esa libertad que sueño, y ese latir, que merezco sentirme como me quiero sentir, y que no le debo mi tristeza a nadie, ni mi dolor, ni mi pena, ni mis alegrías, ni mis días buenos, de los que no escribo casi nunca. A veces ser mamá sí que se puede sentir como una cárcel. Alguna vez lo sentí así estando embarazada, yo era la prisionera y también la prisión. Entonces pienso, ¿de qué hablo? si yo nunca he estado presa… Creo que nunca habitaré en una celda como la que conocemos, o al menos espero que no sea necesario. Soy mi propia cárcel y mi propia libertadora. A veces mi prisión me hace sentir muy incomprendida y quiero que me entiendan. Le tengo miedo a volver a ser mamá, aunque a veces lo deseo. No quiero hacerme más prisión, y no todo en estas cosas es cuestión de decisiones. Puedo llegar a perderme, y aunque ya sé que he encontrado nuevas formas de hallarme, algo quedó para siempre de mí, quieto. Le tengo mucho miedo a la ilusión de tener algo de mí, que a la vez esté tan fuera de mí. Ser mamá me gusta, se los juro que me gusta, no me mal entiendan. Es más, imagino la prisión distinta que sería si no me gustara, si nunca hubiese deseado la maternidad. Sería, acaso, una cárcel más grande, con ventanas abiertas, hasta parecería una casa enormemente vacía. La maternidad será deseada, se dice fácil, pero a veces hay a quienes no nos basta con desear. Y el deseo parece ser algo muy inestable, al menos para mí. De eso tengo algunas certezas, deseo a veces ser mamá, otras veces no, y eso es no es problemático, mientras no lo estés siendo. Cuando te vuelves mamá, eso cambia, ahora es mucho más que desear, es aprender a existir más allá de ti, y más. No creo que pueda alcanzar a describirlo. No puedo culpar al deseo, no puedo culparme a mí, ni a nadie, solo puedo habitar en mi propia contradicción, compasivamente, como lo haría con las demás. Y saber vivir en mi prisión, y saberla habitar, y nombrarla distinto, reconociéndola como para saber que, sin ella, no sabría nada jamás de los destellos de mi libertad.