No madre

No-mo transmutación


De niña me regalaban muñecos de bebé, pero yo prefería las Barbies. No recuerdo haber tenido ni cinco minutos de conformidad con la maternidad de juguete.

Una vez tuve un bebé de plástico, cuyo nombre era Emmanuel.


Tenía ojos azules y parecía hermano menor de Caillou. No recuerdo qué ropa tenía. Ciertos comentarios me enfurecieron tanto que lo tiraba contra la pared .“Yo no quiero responsabilidades”, repetía furiosamente.


Decirlo en la escuela también fue un dolor de cabeza. Tenía nueve años, cursaba el tercer grado. Las niñas fuimos a una charla con la trabajadora social y los varones, se quedaron en el salón. Expresé sin madurez, pero con valentía que el tema no me interesaba. La trabajadora social no me lo perdonó.


Al cumplir 18 años, conocí a una terapista que no quería ser madre. Escucharla fue música para mis oídos. Mi corazón halló el consuelo que no buscaba. “No me visualizo”, respondió ante el por qué inquisidor. Sonrió sin buscarle ocho patas al gato.


Pocos días después, lo reafirmé ante la misma trabajadora social. “¿De quién tú escuchaste eso, niña?”, preguntó. Con orgulloso impulso, dije el nombre de la terapista. “Ella tiene más madurez que tú”, respondió. Acto seguido, recordó mi osadía de niña.


Al año siguiente, comencé unos cursos preuniversitarios. No recuerdo por qué el profesor nos preguntó si queríamos tener hijos. Temerosamente, dije que no. “Muy bien. Esa es una decisión que tú tomas”, contestó. ¡Esa respuesta me hizo sentir que llegué a la tierra prometida!


En el transcurso de mi carrera, comencé a notar que les niñes me saludaban y jugaban conmigo. Cierto día, me encontraba retratando la naturaleza y une niñe me agarró de la mano. Le sostuve por tres segundos. Me soltó antes de que su madre se diera cuenta. Durante una actividad del recinto, otre niñe buscó mi atención. Me saludó desde el segundo piso y al bajar, quiso una foto conmigo. Su mamá estaba agradecida y complacida.


Por si fuera poco, experimenté deseos de ser maestra. Lo primero que pensé fue en dar clases a niñes. La idea me gustó tanto que me enojé. De pronto, empecé a cuestionar mi conducta. “Si yo no quiero tener hijos, ¿por qué me pasa esto?”, refunfuñé.


Con el paso del tiempo, separé mi deseo personal de mis metas profesionales. Fue difícil, pero la meditación, terapia y revisión de literatura me han apoyado. Mi deseo y gestiones para no ser madre me convierten en una mujer “NoMo”. Un artículo del portal Sin filtros explica que la abreviatura proviene del anglicismo Not Mothers y se refiere a las mujeres que no pueden o no desean tener hijos.


Gracias a mi proceso, hoy soy capaz de ponerle nombre a mi conducta y sus motivos. Querían imponer la maternidad y yo me rebelé… pero a través del ego. Es válido decir que no y de pronto, no tener la respuesta adecuada. No hay necesidad de llegar a la violencia.


Por otro lado, el daño que le hice al muñeco denota mal manejo de emociones y traumatismo. Primero que todo, ¡el bebé era un muñeco! No sentía ni padecía. Nadie sufrió mi violencia más que yo. Al mismo tiempo, se trataba de una simulación de una pequeña persona, contra la cual reflejé los traumas que padecí, incluso antes de nacer.


Lo positivo de esto es que hace varios años, amo la vida sin miedo. Afirmo que mi vida personal va de acuerdo a mis metas profesionales, en la medida que soy capaz de respetar decisiones y aportar positivamente a la vida de una o varias personas.



Mía Santisteban