No jodas a tus hijes: la violencia familiar como pandemia social.

* Trigger Alert: este escrito narra trauma y violencia familiar, maltrato a menores.




“Si yo sabía te abortaba”, “No sé para qué la parí”, “¿Para qué uno tiene hijos?”, lamentó Mariela en al menos tres etapas de mi vida. La primera y tercera letanía, las escuché a los once años. Cuando cumplí esa edad, ella no me creía nada. Yo le decía la verdad siempre, pero al doblegar mi voz por miedo, ella pensaba que yo mentía. Era imposible darle explicaciones o contarle las cosas.


Si me caía en la escuela, primero preguntaba por “los papeles del Seguro”. Luego, preguntaba cómo ocurrieron las cosas. Un día me caí porque el agarre de mis muletas perdió la goma. Al ver que los tornillos del agarre estaban puestos, no me creyó. Me pegó e insultó.


Nos montamos al carro y yo como siempre, iba en el asiento de atrás. Mariela Viruela era diestra en el arte de conducir mientras me insultaba. Entonces, reprochó: “¡¿Para qué una tiene hijos?!” Al escuchar esto, mi corazón se hundió y mi cuerpa bajó la cabeza. Llegamos a la casa y me sirvió comida casi media hora después. Para desquitarse, me dio la porción de carne más pequeña y un descomunal montón de arroz. Con tristeza, resignación y nerviosismo, me empujé la comida, sin poder evitar dejarla casi toda.


“Si yo sabía, te abortaba” nació durante nuestra convivencia postquirúrgica. Me habían operado de los tendones y su carácter era explosivo e insufrible. En las noches, tenía pesadillas por el peso de los yesos y el dolor que me causaban. Luego de la primera noche quise ir al baño en la mañana, pero ella respondió: “Duérmete, Mía, que estuviste toda la noche jodiendo”. Cuando descubrió que me oriné, me masacró.


Lo duro es que los accidentes ocurrieron varias veces por el mismo motivo, todas las cuales me pegó y planificó mi muerte. Me habló hasta de lo que le iba a decir al “Señor Forense”. No recuerdo si fue ese día, pero en plena sala de espera me dijo: “Antes de perder los estribos, prefiero perderte”. En castellano, me quería dar en adopción para no matarme. Pude sentir mi cara de sorpresa y en mi corazón, una nube.


Cuando se alejó, vi a mi alrededor muches niñes felices con sus padres. Jugaban con elles, les mimaban. Yo estaba sorprendida y sola. Me sentía entre la espada y la pared. Si me quedaba con ella, me mataba, pero cuando llegamos a Puerto Rico me dijo: “Nadie te va a querer adoptar, porque eres grande”. Repetí eso en la escuela y mi compañera preguntó: “¿Y por qué te van a querer adoptar, si ya madre tienes?” “Pero no me quiere”, pensé.


“No sé para qué la parí” fue antecedido por: “Dios, sácamela”. Todo porque me quemé con una taza que me dio. Me traicionó el pulso y se me derramó algo. No recuerdo si para colmo, me había gritado antes. No se aburran, mis lectores. Lo anterior fue solo una introducción.


Esta vez, mi objetivo es aconsejarte que nunca les digas a tus hijes: “Si yo sabía, te abortaba”. Elles no tienen por qué escuchar algo así. Al decirlo, sacas tu coraje, pero dejas heridas profundas. Pasar la lija de la madurez por esas heridas no es tarea fácil. Solo el tiempo y tal vez la escritura, ayudan a sanar ese golpe.


Conviene subrayar que no estoy en contra del aborto, ni de que las mujeres se arrepientan de su maternidad o la desromanticen. Yo no he tenido hijos para saber cómo se afectan sus cuerpas, ni otros aspectos de sus vidas. Lo que no justifico es que otros seres paguen por frustraciones ajenas. Considero que si tuviste une hije que no querías, elle no tiene por qué salir tan heride del asunto. Siempre dolerá ser le hije no deseade, pero si lo aceptas, le hablas con honestidad y tomando en consideración su edad, las cosas pueden ser llevaderas. No reprimas tus sentimientos, pero tampoco jodas a tus hijes.


-Mía Santisteban