Mis miedos tienen nombre y apellidos



Yo no tengo miedo a comprometerme. Vivo relaciones comprometidas todo el tiempo, empezando por mí misma. Semestralmente, me comprometo con mis estudiantes y cuando toca subir a escena, me comprometo con el personaje. Mi lista de compromisos es larga.


Ahora bien, reconozco que les temo a las relaciones de pareja. Generalmente, me ha ido mal en esa área. Conocí al que fue mi primer compañero a mis 17 años. Trabajó como barista en una actividad a la que fui.


Creativamente, intercambiamos números de teléfono. Continuamos hablando y casi a mis 20 años, formalizamos. La relación iba bien, hasta que me dijo que me saliera de la universidad, si tan difícil se me hacía mover con la pierna como la tengo. Decía que no aguantaba mi carácter y que era una llorona. Conste que él sabía todo antes de formalizar. Para entonces, era bien comprensivo, me validaba, me abrazaba… Formalizó y sacó las garras.


Dado que nada pasó a mayores, (según yo) le di la oportunidad a otro. Mi núcleo familiar era tóxico, así que vivíamos juntos de viernes a domingo. Yo había conseguido un trabajo a tiempo parcial. El sueldo grande era de él, pero yo aportaba a la casa.


Para él, yo siempre estaba ‘pelá’; siempre me exigía demás. La gota colmó la copa el día que me agarró del cabello. Logré zafarme, no sé cómo. Salí casi arrastrándome junto a la maleta. La cara del guardia del Tren Urbano me decía “cálmate, niña”, pero no pude obedecerlo.


Cerca de la estación, estaba el Cuartel de la Policía, pero yo no quise parar allí. No tenía fuerzas, ya el bastón no me sostenía. Llegué a la universidad, pues era fin de semana.


Sin cerrar la puerta, me acosté en mi cama a llorar. Cuando me serené un poco, llamé a la Procuraduría de las Mujeres “Pero él era tu novio. ¿No será que estás exagerando? ¿Y si solo te agarró de forma sexy?”, preguntó en respuesta la inspectora telefónica. Quedé sin palabras, confundida, llorosa, mirando hacia los lados.


Cinco años más tarde, me gradué y tuve que regresar a mi pueblo. La soledad que experimenté (buen tema para otra columna) me llevó a tomar una mala decisión. Reconecté por Facebook con un supuesto aliado de las luchas sociales.


Conocerlo me demostró lo contrario. Quería enseñarme “a ser un vegetal”, me visitaba aunque yo tuviera planes y se hacía esperar. “A mí me gusta joderte cuando sé que tienes prisa”, reconoció alguna vez. En varias ocasiones le dije que quería terminar la relación, pero él acostumbraba a ignorarme en todo.


Interrumpió mis líneas para decirme “te amos” que yo no pedí y vigilaba mis conexiones a la red. En varias ocasiones, me hizo faltar a entrevistas de empleo y trámites de maestría. Cansada del asunto, terminé la relación. Le reclamé a gritos.


Finalmente, él ganó. Cuando intenté decirle a mami lo que me hizo, me acusó de estar hablando mal de mi novio. De manera contradictoria, un día me comentó: “Ese hombre es machista, ¿verdad?” Entonces, pensé en retomar el tema, pero me esquivó. Respecto a mis pérdidas profesionales dijo: “Pues, por confiar en un tipo”.


También intenté contarle lo que me hizo cuando le grité. Me niego a creer que mis vecinos no escucharon. Yo dije “suéltame” y él me agarró. Yo quería celebrar mi vida y él, ir al motel. ¿A quién se lo digo? ¿Existe alguna autoridad que me defienda sin cambiar el argumento? ¿Cuándo sanaré?


De un momento a otro, he dejado de luchar con la incertidumbre. Desconozco si tendré pareja nuevamente. Me he atrevido a pensar que si he seguido soltera, es porque no ha llegado el indicado todavía. Así quiero pensar, pero esas preguntas invaden mi mente. Quiero confiar otra vez, pero me confundo.

Mi única certeza es que no le temo al compromiso. Lo que no quiero es decir “suéltame” y me vuelvan a agarrar, buscar ayuda y no encontrarla, querer soltar y que me aten al silencio. Más que experiencias, mis miedos tienen nombres, apellidos, caras y cuerpos.



Mía Santisteban