Mi Tío era esquizofrénico y más allá...

Mi tío era esquizofrénico y más allá. Recuerdo con mucha claridad uno de sus regalos, me obsequió una muñeca bebé, bien blandita por todas partes, casi que parecía ser una almohada del tamaño perfecto para acunar como a una bebé, en mi pecho de niña pequeñita. Era entonces la carita de la muñeca más dura, como del plástico común con el que hacen estos juguetes, y llegó mi tío cuando aún estaba sano de su mente, cuando yo no lo podría recordar, y me obsequió a mí y a mi prima la muñeca que más amé. Sepan que esa muñeca fue artífice de mi creatividad y le pinte hasta las cejas y la cara con un bolígrafo y le corte las puntillas que le rodeaban el rostro, pero creanme la amé tanto, lo suficiente para no saber dónde o cuando se me habrá perdido, para tenerla hasta la escuela superior. Les confieso que a veces la guardaba en el armario por algún tiempo, y cuando me daba con recoger mi cuarto en el desastre de mi adolescencia, la encontraba, y siempre ese sentimiento de sorpresa como si no hubiera sabido que estaría ahí, esos instintos de abrazarla y entonces rescatarla de mi vergüenza y volverla a poner en mi cama.


Tener al alcance esa muñeca era un modo de tenerlo a él, vivo, sano, como me contaban que fue. Porque yo solo le recuerdo enfermando, le recuerdo con obesidad, sentado en la banca de la verja de cemento de casa de abuela, meciéndose como si estuviera en un sillón. Le recuerdo cuando a veces en sus días buenos, nos llevaba al blockbuster del supermercado y nos alquilaba a mí y a mis primes todas las películas que quisiéramos ver, y todas las mil veces que quisiéramos ver la misma “toy story”, siempre él nuestro amigo fiel del ajedrez, las briscas y la lucha libre. Había otros días donde le recuerdo con los ojos bien abiertos, la pupilas dilatadas como un rostro de espanto que sabía ver mejor, quizás más, quizás otro mundo, otra realidad alternativa, y veía en sus ojos su limbo, y su tristeza, como unas ansias de un devuelto, como una necesidad de decir que estaba ahí, y luchar contra eso que le robaba sus días, tratando insistentemente "estar presente" y no poder, como si algo lo arrastrase a sus adentros y reventara como un misil y chocara contra un rebote inevitablemente repetido una y otra vez.


Por mucho tiempo mi deseo más grande era que estuviera sano, recuerdo mis oraciones de niña en mi habitación de hija, y mis rodillas sobre la almohada de la sirenita, y muchos peluches en mi cama, y la muñeca a la que a veces le hablaba o abrazaba para rogar que para cuando cumpliera mis 15 mi tío pudiera sanar. Recuerdo también cómo pasaban los años y el miedo que le tuve, después de que golpeara a mami en un delirio, y a mi abuela que cargaba en brazo a un bebé. Él estaba seguro de que no éramos nosotros, de que su familia se la habían suplantado y que teníamos dobles que venían a hacernos daño y lo creía tanto que se rabiaba de desespero por que nos amaba, cómo puede amar un esquizofrénico. Y entonces era eso, para mucha gente “ el loquito de san benito” es era mi Tío, a quien aprendí a amar tanto como se ama solo pocas o casi nulas veces en la vida, sin expectativas, aceptando su ser, y conteniendo a cada oportunidad de calma.


Ese mismo del que les cuento venía a veces a casa y siempre me preguntaba como estaba con la escuela, o que cosas me gustaban, y siempre estaba tan interesado en estar para mí, para nosotras sus sobrinas y para sus sobrinos, nos amaba como sabe amar un ser sensible, un ser entregado, un ser que hace todo su esfuerzo por quedarse, por no irse, por volver a ser y darnos el consuelo de su regreso. Con los años él aceptó su enfermedad, y estuvo un tiempo en espacios de tratamiento y cuidado, un tiempo donde le veíamos muy poco, pero él estaba mejor, era feliz dentro de sus circunstancias, pero les prometo que merecía más. Mi tío fue de un modo sanando, cuando sanar es comprendido como un proceso no lineal, reconociendo que sanar no es un destino, sino un camino, y lugares a donde llegar y recibir compasión y darla. Él ya podía hablar con claridad, sus ojos estaban menos dilatados, su mirada podía mantenerse más presente, y sus tiempos aunque siempre eran más lentos, como si viviera en otra época, en otro momento, eran justos y precisos para nosotres, que éramos su familia. Nunca nos abandonó, ni siquiera en su delirio, ni siquiera en su presencia plena y en su modo de estar en libertad, siempre nos elegía, optaba por regresar. Y un día regresó, como una vuelta necesaria, como una oportunidad de que estuviéramos cerca, y volvió a San Benito al pueblo de Patillas, a casa de mi abuela. Regreso para amarnos y darnos ejemplo de la fe, a ser un testimonio vivo de misericordia y compasión, de sanación.


Y entonces su mente le hacía más caso a su corazón, y su cuerpo, como si destilara todo ese caos enfermó de cáncer. Mi tío quería vivir más porque él, tal como decía de su propia boca en su voz de niño “yo tengo ganas de vivir” y lo operaron, removieron el tumor de 8 libras, y le tuvimos por varios meses más, hasta suspendieron la medicación, aseguraban que estaba sano, pero al cabo de los meses el dolor fue la alerta, algunos mareos y otros síntomas que le alertaron a volver al hospital, entonces después de tanto descubrimos que tenía metástasis.


Tío no merecía morir así, y hay cosas que una quisiera poder cambiar, pero a veces así de incomprensible es la existencia. Ya hace un año que no está con nosotres en su presencia física, pero sigue en nuestras almas, en nuestras mentes, en nuestras vidas, como una presencia inamovible, inquebrantable amor que va más allá del cuerpo. Y yo no quiero olvidarme de él jamás, y de la versión que nunca conocí, y de la versión que aprendí a amar. Mi tío amó a mi hijo Lucas, tal vez tanto como me amaba a mí, y sé cuánto le hubiera gustado verle crecer, yo por lo menos trato de mantenerlo en la memoria.


Hace unos días le pregunté a Lucas si podía identificarlo en una fotografía, y me dijo que no por primera vez, y yo me rompí un poco más por lo predecible, por saber lo que ya no podría recordar, ya hacía un tiempo incluso Lucas me preguntó por él con todo y su nombre, pero la última vez no lo pudo identificar en la foto, y me supe apurada, desesperada por rescatarle de su memoria...


...y entonces comencé yo a hacerle las historias, de esa versión que me contaron y de la que aprendí a amar, y de la que imagino hubiera sido si se hubieran tenido por más tiempo en la vida como este mundo la da, pero voy confiando en que a mi hijo le pase como a mí y aprenda a amar de esa memoria el recuerdo que le contaremos; y pueda saber que después de todo muere solo quien se olvida; y que no nos vamos a permitir olvidar. Y aunque con mi hijo puede que la memoria de Tío sea algo así como la muñeca que me regaló; una sorpresa guardada en el armario para los días de arreglar el desorden y tal vez al menos su memoria sea como una almohadita donde podrá descansar y aprender de eso que es sabernos amar en la locura y más allá.