Lo aprendí de ti.

Hace unos días estaba furiosa, rabiando, y no recuerdo por qué. De seguro no era tan importante como para estar tan enojada. Parecía una niña con rabieta, pero era una mamá, cuidando a un niño que me decía, "mamá ya sé que estás enojada, pero mamá, respira." Enfocada en el coraje, no le prestaba atención, casi que ignoraba lo que me decía. Iba caminando por toda la casa, organizando, recogiendo cosas en el suelo, en la mesa, en la cocina, en la cama, ensimismada en el 'quehacer' y a la vez rabiando en voz alta. Algo había desatado mi mal humor, casi pueden adivinarlo conmigo, de seguro fue el desorden. Tengo una obsesión con el orden, lo admito, hago listas para todo, coordino, organizo, trato de mantenerlo todo bajo esa 'ilusión del control' a fuera de mí. Lo hago porque de algún modo siento que cuando todo está ordenado yo también conseguiré estarlo, pero siempre me equivoco.


Casi nunca o nunca logro conseguir que se calme mi mente con solo ordenarlo todo a mi alrededor, casi siempre peleo mientras ordeno. No me gusta ordenar en realidad, lo detesto. Me molesta muchísimo la ropa sin doblar, que casi que sale caminando por la casa y tiene vida propia en una esquina del cuarto. He comprado dos canastos, uno bonito en ratan para meter la ropa ahí y no verla, por consejo práctico de una amiga. Le pongo alguna sábana bonita por encima y hasta casi que no se nota que es ropa desordenada, más bien parece una decoración cómoda como para sentarse. El problema es que tengo otro canasto, de esos ordinarios de laundry, formato plástico, grotesco, igualito al que tenía mi mamá en casa, en el walking closet del cuarto matrimonial. Siempre está lleno de ropa que se desborda, entonces ese no lo puedo esconder en ningún lado. En mi casa hay muchos closets, pero no los sé ocupar adecuadamente, me dan taaanto estrés, por suerte les puedo cerrar la puerta. Algunos están un poco recogidos, pero no puedo esconder ahí la ropa limpia y sin doblar. Entonces eso me exaspera, casi sin ser un motivo suficiente como para enojarse tanto.


Ese día en el que estaba tan enojada, y no recuerdo bien por qué, además de por lo escrito, iba caminando por toda la casa, y mi hijo iba detrás de mí. Teníamos que salir pronto, y yo estaba tan enojada, tan furiosa, me sentía abrumada, y él repetía atrás de mí, " Mamá Mamá respira" pero yo igual no respiraba, y seguía con el ceño fruncido de un lado a otro de la casa. Hasta que de pronto me detuvo de frente, me tomó por las piernas, casi como cuando le tomo yo por el rostro y me pongo a su altura, y me dijo, "Mamá respira, sé que estás enojada, pero respira" y cuando casi que le ignoraba me dijo "Mamá lo aprendí de ti." Sí, dijo eso en voz alta y delante de mi rabia de mujer domesticada, harta de la tercera y cuarta jornada, y le escuché "Mamá respira, lo aprendí de ti" y resonó su voz como el timbre de un bajo en mi pecho.


Entonces me sacudí, y tuve que detenerme, casi que respiré consiente, para poder decirle, "tienes razón, perdóname." Quería que mi hijo supiera que no estaba enojada con él, y creo que ya lo sabía, pero aún así se sentía responsable de recordarme de alguna manera cómo es que puedo canalizar esas emociones intensas que tenía ese día. Me invitaba insistentemente a respirar. Lo escribo, como irresuelto, porque me queda mucho por fracasar conmigo, y con el modo en que ejerzo mi maternidad. Y me pregunto, que me voy a hacer cuando no tenga esos recordatorios, quisiera pensar que no los voy a necesitar. Me consuela y me sacude a la vez, que mi hijo crea que eso de respirar lo aprendió de mí. Lo escribo porque sé que tengo memoria corta, y he encontrado aquí un modo de recordarme lo que aprendo, y lo que me falta por aplicar. Tal vez, de mí no he aprendido nada.