¿De qué vale el análisis de las mujeres en lucha cuando aun no sé cómo ayudar a mi hija?

Desenredando asuntos de raza y género*: sobre los estándares de belleza para las mujeres y las niñas negras en Puerto Rico.



La noche después de que Lupita Nyong’o ganara un Oscar como mejor actriz por su actuación en 12 Years a Slave, le tuvimos que cortar el pelo a mi hija, Luna. Lupita nació en México de padres kenianos. Luna nació en Puerto Rico de madre puertorriqueña y padre santomeño. Ambas son negras. Lupita tiene 31 años, Luna tiene tan solo 11. En un discurso que Lupita dio al recibir un premio Essence de Black Women in Hollywood, aseguró que de niña se sentía fea por su color de piel, pensaba que su piel era muy oscura y todas las noches le pedía a Dios que cuando se levantara en la mañana se mirara en el espejo y se encontrara de un color más claro[1]. En el mismo discurso compartió cómo su mamá siempre le aseguró que ella era bella. Lupita no entendió (ni internalizó) las palabras de su madre hasta que no se vio reflejada por otra mujer negra como la modelo Alek Wek en las revistas y otros medios de comunicación, al ver que otros celebraban la belleza de otra mujer joven, de tez muy oscura y de pelo corto como el de ella.


Cuando le cortamos el pelo a Luna lloró con un sentimiento profundo. Tenía unos nudos que según la estilista, no tenían arreglo. “Eso hay que cortarlo”, volvió a repetir la otra beautician. Ambas eran mujeres negras; una con pelo alisado y la otra con pelo muy corto, casi afeitado. “No tiene remedio mamá, si usted le pusiera un reverse para suavizarle el riso eso no le pasaría”, me aseguró la del pelo corto. Mientras ellas me daban su fatídica opinión, Luna lloraba. “¡No me corten el pelo!”, suplicó.


“¿Qué quiere que hagamos mamá?”[2] Las tres me miraron. Yo no supe qué contestarles, aparentaba ser una decisión sencilla. ¿Cortar o no cortar? Lo único que se me ocurrió en aquel momento fue dar explicaciones sobre los nudos. ¿Acaso no era yo la responsable? “Es que yo siempre le desenredaba el pelo cuando era más pequeña y le hacía peinados, moñitos y lazos, pero ahora que es más grande…”. No era la respuesta que ninguna de ellas buscaba.

Lo cierto es que no hay nada de sencillo y descomplicado en lo que respecta al pelo de las mujeres afrodescendientes.


En la investigación titulada “Why African American Women Try to Obtain ‘Good Hair’” (2007), Whitney Bellinger explora los motivos por los cuales el cabello de, y lo que hacen con el mismo las mujeres afroamericanas está cargado de peso político, racial y socio-económico. Según Bellinger:hair has always been an important factor in defining one’s identity (Brownmiller 1984; White 2005; Byrd and Tharps 2001; Patton 2006). For African Americans this is doubly true. During the 1800s, hair was an indicator of one’s slave status; today hair is a marker of beauty, economical status, power, and beliefs. Women with straightened hair are still considered the beauty norm in African American society today. Women of power and upper-class status often wear their hair straightened, and usually not in a natural style… Essentially to African Americans hair defines one’s race, one’s heritage and also who one is. (69)


Una noche luego de que Lupita Nyong’o se ganara el Oscar por 12 Years a Slave, Luna vio todo su pelo caer al piso de aquella peluquería en un barrio sanjuanero. Dos estilistas negras se lo cortaron. Ninguna mencionó hacerle un recorte como el de Lupita cuando determinaron que los nudos que Luna tenía eran un problema sin solución, que había que eliminarlos. Luna lloraba, primero en silencio, luego con altos gemidos. En un momento dado gritó: “¡No me corten el pelo, mi pelo nooo, mi pelo!!” Era muy tarde ya: sus trozos y nudos alfombraban el piso de linóleo. La estilista que la recortaba de vez en cuando me miraba con ojos que suplicaban, no que confiaban.


Yo estaba desesperada, intenté calmar a Luna. Le aseguré que todo estaría bien. A la peluquera le recordé que ella era la experta. Guillermo (mi hijo) y yo buscamos desesperados en las revistas y los libros del salón de belleza fotos de mujeres negras que le sirvieran de modelo a Luna. No había ni una. A nadie se le ocurrió mencionar a Lupita. Le ofrecí recortarme el pelo como el de ella. Mi moño mal hecho se lo debo a ella misma y me pareció justo ofrendárselo. Luna no me lo permitió, entre lagrimas y gemidos me dijo que no. Tenía la ilusión de tener una madre con melena. Yo llevaba el pelo corto hace más de diez años. Por sus suplicas fue que permití que me creciera hasta la mitad de mi espalda.


Todos sufrimos las dos horas que estuvimos en aquel salón de belleza. Una hora tratando de desenredar y la otra intentando cortar. Luna se movía y se quejaba cabizbaja. De vez en cuando subía la cabeza y me miraba con unos ojos punzantes que me decían que yo era la culpable de todo su sufrimiento, de que ella fuera negra y no blanca como yo, de vivir en un país donde nadie quiere ser negro y de no tener suficientes mujeres negras a su alrededor a quien emular. Llegamos a la casa de noche. Guillermo con un high top al estilo de Will Smith en Fresh Prince de Bell Air y Guillén (el menor de la casa) con su afro al estilo de Tego Calderón circa 2000. Luna llegó con los ojos hinchados y el pelo corto y rizado. ¿Al estilo de quién? Aun no se me ocurría ninguna mujer afropuertorriqueña que podiera utilizar como ejemplo para animarla. ¿Ana Irma Rivera Lassen? ¿Qué animo le podría brindar una figura como Rivera Lassen a una pre-teen de madre blanca? En la casa Luna volvió a llorar. “¡Hasta que no me pongan extensiones[3] no voy a regresar a la escuela!”


Luego de que Luna finalmente se quedara dormida, exhausta de tanto llorar, yo me escondí en la cocina a intentar procesar todo lo sucedido. Guillermo fue el primero que me encontró tendida sobre el fregadero de la cocina, “Mami, no te sientas culpable… no llores”. “Es mi culpa”, le dije, “yo debí haberle cuidado su pelo mejor. Le fallé…”. En eso llegó Guillen, “Mami perdón...”. “¿Por qué?” le pregunté. “Por lo que sea”, me respondió. Me abrazó y se fue a bañar. Desde la ducha lo escuché llorar.


Esa noche me dediqué a buscar fotos de mujeres y niñas negras con pelo corto en las redes cibernéticas. Quería poder mostrarle a Luna tan pronto se despertara todas las niñas y mujeres que llevaban su pelo corto, rizo y natural. Entre imágenes de Willow Smith y Rihana[4] me llegó un mensaje de texto de un amigo que me preguntaba cómo había pasado el día. Su pregunta me provocó más lágrimas. No supe qué contestarle. Le pregunté si él creía que nosotros somos la causa y no el efecto de lo que nos sucede. No me atrevía decirle que yo me sentía como la causante del dolor centenario de mi hija, niña negra (futura mujer negra), que ya se sentía avergonzada de su pelo que ahora no podría esconder en un moño y que ahora quería llevar debajo de una bufanda hasta que la llevara a poner extensiones de pelo.


En su ensayo “A Hair Piece: Perspectives on the Intersection of Race and Gender”, Paulette M. Caldwell sostiene que como madres y padres:


Some of us choose the positive expression of ethnic pride not only for ourselves, but also for our children, many of whom learn, despite all of our teachings to the contrary, to reject association with black people and black culture in search of a keener nose or bluer eye. (369)


Yo he querido hacer lo mismo por mi hija: mostrarle el camino por el que pueda llegar a sentirse plenamente orgullosa de sí misma, de su raza y de su género.Sin embargo, al día siguiente Luna no se podía mover, su tristeza era tanta que ni desayunó. Intenté mostrarle las fotos que había almacenado en mi teléfono la noche anterior de mujeres y niñas negras de pelo corto, famosas y hermosas (ninguna era puertorriqueña). Entre ellas estaba Lupita Nyong’o la noche que se ganó el Oscar con su pequeño afro y su traje de gala. No le dije que no encontré a ninguna puertorriqueña, ni mucho menos una santomeña. Traté de distraerla con la imagen de Willow Smith y la de Rihana. No le gustó ninguna. Buscó la diadema más grande para taparse el pelo.


Ese día no fue a la escuela. Me acompañó inmóvil. En silencio, con los ojos aguados y la garganta apretada continué con las labores diarias. “Te ves hermosa, Luna. Te amo”, le aseguré. Pensaba en lo mucho que he estudiado sobre asuntos de género y en lo poco que me sirven esos estudios en situaciones como estas. ¿De qué vale el análisis de las mujeres en lucha cuando aun no sé cómo ayudar a mi hija en la(s) lucha(s) que se enfrenta(rá) en una isla (afro)caribeña que se rehúsa a ser afro?


A través del día escuché su llanto y sus reclamos. Al fin se atrevió a decirme que se sentía fea, que en la escuela se reirían de ella, que parecía un nene, que todas las demás nenas tienen su pelo largo. Y es que el pelo, como indica Belling, es un vehículo de poder:


the idea that hair is a medium through which one can voice one’s power and the control over others one might have is predominant ... how a woman wears her hair can tell one about what might be going on in a woman’s life or about her personality ... Among teenage girls especially, parents, friends, boys, and lack of personal finances influence one’s hairstyle. (66-67) [5]


Como reconocí estas cuestiones sobre la fuerte asociación entre el cabello y la sensación de auto-empoderamiento de Luna, esa tarde visitamos otro salón de belleza. Llegamos hasta allí por recomendación de una amiga que entendía la situación. El estilista que nos esperaba tenía experiencia con pelos como los de Luna. Le arreglaría el matarile que le habían hecho la noche anterior. Aquellas estilistas, aunque eran mujeres negras, nos habían confesado que se alisaban el pelo desde niñas porque no soportaban los nudos que se le formaban en su pelo kinky. Admitieron ser esclavas de los químicos que utilizaban en su pelo.


El estilista de aquel salón recibió a Luna con una sonrisa. Tan pronto la vio exclamó, “¡Qué niña más bella! ¡Mira esos ojos y esa cara hermosa! ¡Qué bueno que estas aquí! Mira lo que te quiero mostrar…”. Sacó su teléfono donde tenía una foto de Lupita posando en la alfombra roja con su traje de gala y su pequeño afro donde llevaba una diadema delgadita y con brillo. (Pensé que tal vez le pasó como a mí, que ni en su salón ni el internet encontró alguna foto de una niña o mujer negra puertorriqueña que pudiese enseñarle a Luna para que se sintiera que al fin tenía alguien con quien se podía identificar). Agradecí que no le dijera que su pelo no tenía remedio como las otras estilistas, ni que si no se recortaba aquellos nudos le podían dar hasta piojos y tendría un bollo tan grande que no se lo podría ni tan siquiera alisar[6].


Aquel salón estaba casi vacío. Las pocas personas que quedaban pasaban para mirar aquella niña negra de pelo corto, de madre blanca y de dos hermanos uno con afro al estilo de Tego Calderón[7] circa 2000 y otro con un high top al estilo de Fresh Prince. “¡Te ves hermosa!”[8], todos le dijimos cuando se levantó de la silla. Ella forzó una sonrisa, mientras le tomábamos una foto con mi teléfono.


Ahora que escribo estas palabras pienso que debo colgar aquella foto en todos los foros cibernéticos para que cuando otra niña (o madre) busque una foto de una niña negra, porque tal vez se siente sola o porque no tiene a nadie con pelo alborotado, encaracolado, kinky, revuelto y marantú con quien se quiera/pueda identificar, encuentre la foto de Luna con su pelo afro al natural. Y para que cuando hagamos una búsqueda en Google aparezcan las imágenes de Lupita en la misma página que la de Luna, ambas con sus cabellos cortos. Quisiera pensar que las imágenes y la presencia de las dos nos servirán para continuar desenredando los nudos (im)puestos por ser mujeres y niñas negras en un hemisferio que aun no quiere aceptar, ni mucho menos adueñarse de su afrodescendencia[9].




* Escrito publicado originalmente en Revista Cruce, click para referencias. http://revistacruce.com/new_revista/?q=desenredando-asuntos-de-raza-y-g-nero-sobre-los-est-ndares-de-belleza-para-las-mujeres-y-las-ni-0