¿Hasta dónde se ponen los límites de una misma?

Pienso en el aislamiento voluntario en el que muchas veces vivimos las personas que padecemos los síntomas de algún trastorno de ansiedad o depresión. Es un silencio. No nos gusta hablar de las condiciones de salud mental. Decirnos ansiosas en esta sociedad es decirnos "trastornadas". Y después de todo si trastornar no es más que alterar un orden, casi siempre el "común" de las cosas; y lo común es algo que pertenece a todas las cosas y se manifiesta en cada una; pues que nos digan trastornadas, va bien. Es que solo se trata de una reacción de naturaleza cíclica, animal y embocadura del "nosotras mismas" que no podemos o del que no nos dejan (o dejamos) ser.

Me hago memoria del recuerdo de un poema que me hice, cuando en mis jóvenes 18 me descubrí en la poesía y en los versos que no me sé; "La muchacha del paraguas negro" que era yo, a mis 16, caminando con una sombrilla negra y un chaleco encima del uniforme. Estaba de vuelta a casa. No llovía.

Se asoma también mi cuarto, no se podía abrir la puerta. Las ventanas siempre cerradas. Un día decidí pintarlo completo color naranja. Puse cortinas de colores. Un alboroto. Recuerdo que me gustaba. Era una versión de mí que se expresaba y que buscaba un refugio. Quizá quería un atardecer como el que podía ver en la casa de mi abuela, en la guardarraya, corriendo por la arena de la playa de mi nostalgia, iba espabilá y quemá prieta de sol purito.

Acá sigo explorando recuerdos. Y veo mi encierro repetido, mi aislamiento voluntario.

Me gusta mi casa. La que hago todos los días y le pongo colores y luces y rescato verdes y azules turquesas y una playa blanca de espuma que me imagino cuando me siento en la silla amarilla del balcón que da a la calle.

Tengo conciencia de mi evolución, que quizá es mucho decir pero que los 27 años que llevo en la piel, me saben y no me los quiero olvidar. Pienso que me he aislado siempre, de un modo u otro.

Allá estaba en el 2013 en pleno bachillerato de periodismo, encerrada en mi apartamento, lo pequeñito que era aquel cuarto; una loseta a cada lao de la cama y al frente como 4 losetas hasta la puertita del closet chiquitito. Tenía un balcón que yo me imaginaba bonito, con plantas en el alero, hiedras, plantas colgantes y trinitarias. Pero nunca fue así (sobreVivía) en Río Piedras, era estudiante.

Era ya el 2017 mujer puérpera. En casa. Sola. Así me quería. Era una animal fiera protectora de su cría. Me sentía leona y a la vez canguro. No tenía claro porqué ahora tenía tanto miedo. Me aislaba también voluntariamente. No sé bien si por instinto o por la ansiedad, que vamos que quizá una se combina con la otra o son lo mismo. No lo sé.

Ahora, el aislamiento obligado de la pandemia mundial. Puede ser muy malo para las personas que vivimos la ansiedad en los huesos y la luchamos y la reconocemos como no nuestra. No nos es definición pero la sabemos y no la negamos porque aprendemos a agradecerla cuando tenemos las fuerzas. A reconocer lo que nos avisa. A tomarla como un "advierte peligro" que no siempre es del perro grande que nos imaginamos, a veces es un perro chiquito, bravo, pero después de todo un perrito también asustado.

A mí me gusta estar en casa pero mi ansiedad social también me entierra y encierra cuando he necesitado conectarme con las demás. ¿Cómo reconocer cuando es un aislamiento sano? ¿Hasta dónde se ponen los límites de una misma? ...sé que debo ser compasiva conmigo y con las demás. En la que este, en la que pueda ser, en esa medida me doy y crezco.