Sabernos mujeres ya es en sí un asunto complicado.

"No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; el conjunto de la civilización elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino. Sólo la mediación ajena puede convertir un individuo en alteridad".

Simone de Beauvoir

Sabernos mujeres ya es en sí un asunto complicado. No basta con nacer con el sexo asignado. Nos podemos reconocer en diversos roles, posiciones y circunstancias. Todas de algún modo integradas con nuestras historias, experiencias y la manera en que nos hemos hecho en cada proceso. Dentro de una mirada personal podemos profundizar en las historias que nos hemos hecho sobre nosotras mismas, esa "yo" que todas somos y esa esencia que es nuestra persona por encima de aquello que hemos sido para las demás. El proceso de reconocerse mujeres, no nos es permitido desde la libertad, está condicionado, conducido o definido a través de otras personas casi siempre a través de las historias que nos cuentan los hombres. Se nos dice que somos niñas, que algún día seremos señoritas y que un hombre en algún momento nos hará mujeres. Todo eso ya hemos podido tender algunas el acuerdo de que es una falacia; invento mal intencionado que supone un control sobre nuestras cuerpas y nuestro ser entero. En la medida en que nos acercamos a la ruptura de esas ideas y que no nos basta con una evolución de lo "femenino" sino que nos requiere un quiebre intencionado con la historia que nos han contado y nos hemos repetido sobre el qué y el cómo de lo que es ser mujeres.

La realidad está influenciada por una aparente verdad absoluta que nos han entregado como un molde social "perfecto" donde debemos encajar y sino, entramos entonces en el resabio, en el olvido de las mujeres que no somos y las que fuimos y las que deseamos; y de los hombres que nos nacen, o los que nos mueren o hacen morir. Nos debemos el permitirnos la posibilidad de encontrarnos en otras personas, en otras historias que también pueden estar rotas y que esa ruptura necesaria no nos signifique una pérdida temprana. Descubrirse siempre es ganancia. A quién único no le conviene que tengamos esa ruptura con el mandato femenino, con las definiciones sobre ser mujeres, es al sistema patriarcal, capitalista, y fundamentalista. Nos quieren vulneradas, empobrecidas, precarias, carentes y solitarias. El asunto de la ruptura que deberíamos poder hacer todas las mujeres, parte de un proceso completo, de un ejercicio personal interior intencionado al que no todas tienen o tenemos ( bien que a veces no me alcanza) posibilidad de acceder. Es comprendernos en la conciencia de los privilegios, de las opresiones e intersecciones que son evidencia de nuestras experiencias y a la vez las que son de las demás y nos sirven de referente, de espejo como un redescubrimiento constante ante la ajena. Bien que nos requiere recordarnos que la desigualdad es disociadora. Esa otra, que son ustedes que me lean, esa otra que también soy yo pero que a la vez somos en si mismas todas para nosotras mismas.

Ser mujeres nos implica un gran dolor, el dolor del quiebre de las mujeres de la tierra, el dolor de la madre naturaleza, el dolor de las hijas y las abuelas, el dolor de las aguas y el universo. La ruptura nos es una constante en la utopía de querernos libres y ansiar a la mujer cíclica y animal que todas somos. Que no nos cuenten las historias de los hombres, que nos seamos nosotras las historias nuestras. Que nos sentemos y abracemos de nuestra parte, que siempre se pueda que seamos todas un punto en repetidas y constantes. Anhelo entonces que en la mañana cuando despiertes y te sepas rota, quebrada, puedas ver del dolor lo que recuerdes de las historias que te hemos contado, que como todas y con todo el dolor que es nuestro, sepamos nuestro poder. Encontrarnos cuando nos vemos con las manos cerradas, cuando nos sabemos escuchar en el tumulto, cuando podamos darnos una mano a distancia, cuando sepamos que nos tenemos y más que eso que nos debemos; tiempo, lucha, amor y acompañamiento; que es saber mirar(nos) con compasión, también a las ajenas que sin saber conocemos, porque el dolor de las mujeres nos repite.Que nos podamos solidarizar, que estemos y que lo intencionemos.

Sean las historias que nos hagamos para el ahora y para las otras que vienen, por las que nos han sido robadas. Seamos pues conscientes de la experiencia de cada una. Desde el espejo podemos vernos si detenemos nuestras sombra y permitimos ver el destello y la luz que nos dice lo que somos, lo que seremos, lo que anhelamos y lo que soñamos distinto. Y que nos sea cada pancarta, cada marcha y sus canciones, como aliciente a los quiebres, de la ruptura necesaria; cada mirada, cada encuentro, complicidad de ser mujeres porque queremos. ¿Acaso sabemos que no podemos tenernos sí no nos sabemos esperar? Espérenme, que voy corriendo y mi fatiga yo no les cuento, porque tú sabes amiga, compañera, son tus historias también las que me cuento y las que te haces cuando me lees, son mías, que yo te quiero. Sabernos mujeres ya es en sí un asunto complicado, que nos tenemos; eso decimos; yo digo pues, que nos debemos y necesitamos sabernos esperar.