Soltar para Sanar

He silenciado mi historia por más de dos años. He llegado a pensar que siento vergüenza o tal vez temor a escribir sobre ella y a su vez, siento que aún duele y lo que duele una no quiere ni pensarlo. Sin embargo necesito sanar, sanarme y quitarle poder a lo que me destruyo y todavía de momentos me hace sentir pequeñita y sin fuerzas.

Tuve una relación de diez años con un hombre al que amé y odié también. A mis trece años le conocí y el tenía dieciséis. A esa edad yo pensaba que quería una historia de amor como “The notebook” y me aferraba al hecho de tener una familia grande. Yo deseaba la casa, los animales, cinco hijxs y un “vivieron felices para siempre”. A mis diecisiete años tuve relaciones por primera vez con aquel hombre. A mis diecinueve años tuve el primer bofetón de aquel hombre. A mis veintiún años ya había tenido patadas, agarrones de pelos, cuestionamientos, celulares rotos, pistolas en mi frente porque “si no eres mía, no eres de nadie”. Me persiguió en muchas ocasiones, me encerró en el cuarto muchos más. Tenía que grabar mis conversaciones con mis amigas o dejar el teléfono en línea para el saber de que hablábamos. De no ser así, llegaba al sitio donde me encontraba y se sentaba al ladito mío. Luego de retirarnos del sitio me preguntaba de toda duda que tenía e insistía en que yo le hacía señas a mis amigas para no hablar más de los temas. Era eso y mucho más... entre tantas veces me cuestionaba el porqué a mí, mientras el llegaba con un café en mano, una sonrisa y me decía “Te amo. Tienes la culpa de que me ponga así, de que yo sea así”. Aún me pregunto si yo realmente tenía la culpa.

Yo entendía que estaba en una relación de violencia. Sin embargo no fue hasta mis veintidós años que le dejé y junto a mi mentora fui a ponerle una orden de protección. Fueron meses en donde él se aparecía por mi apartamento pidiéndome volver, pidiéndome perdón. “No puedo vivir sin ti, calabazita, mi niña” me repetía. La policía nunca llegaba y entendí que a ellos no le importaba si el tipo me acosaba, entraba a mi apartamento, rompía ventanas o puertas... no les importaba porque, tal vez, como el decía... yo tenía la culpa.

Le perdoné siete meses luego de tanta insistencia. Volvimos en noviembre y en enero quedé embarazada. Mi familia no le quería conmigo y no por ser un abusador, sino por ser un “vago” y como me decía mi papá “si trabaja y te mantiene, lo demás se perdona”. No fue hasta finales de febrero que le confesé a mi mami en llantos que iba a tener un bebé. Ella también lloró. A veces pienso que no de la emoción, sino de la pena que ella también vivía en su hogar y entendía, con mis manos llena de moretones, que yo sufría.

Me atendía en el Presby en San Juan, iba a mis citas emocionada. Me enamoré de los latidos de mi bebé. Me enamoré de verle crecer. Me enamoré de sentirle y de saber que pronto le tendría conmigo. Sin embargo la violencia no acabó ahí. Continuaban los disgustos, los gritos, los cuestionamientos y los golpes.

Yo tuve un embarazo perfecto, un hombre violento y un tiempo incorrecto. El dos de junio nació mi bebé con tan solo seis meses de gestación. Murió a menos de cinco minutos de haber nacido y a un poco más de la ambulancia llegar. Le sufrí, lloré la muerta de mi niña con toda la pena del mundo. Me dieron de alta y volvimos al apartamento donde la vi nacer, donde también aquel tipo había destruido mi vida entera. Le odiaba tanto pero en silencio.

Nos mudamos dos días después de duelo. El no me ayudó con la mudanza. A menos de una semana, me dejó en el apartamento para irse a beber. Recordé que embarazada, mientras yo celebraba la vida que venía en camino, el tipo se iba a beber, llegaba a las tres de la mañana con olor a perfume de mujer y lipstick en sus camisas. Nunca dijo sería padre ni a su familia, ni en las redes sociales, ni siquiera a mí. Yo celebraba nuestro embarazo sola. En muchas ocasiones me preguntó si realmente la cría era de él y amenazaba con una prueba al nacer. Era de él, de eso estaba segura aunque a veces pidiera que no. Aunque luego el llegaba el pensamiento de verlo matando a la cría y luego a mí y entonces respiraba hondo y regresaba a la habitación donde veía su cara de enojo. Ya sabía lo que iba luego.

Sola y en mi proceso de duelo entendía ya era tiempo de marchar. Ya hace muchos años atrás pero bastaba. Estaba cansada, estaba furiosa, estaba vulnerable. Le pedí que se fuera en mil ocasiones y siempre se quedó. En navidades pedí quedarme en casa mis familiares por unos días. El accedió con excepción de que le contestará siempre las llamadas.

En despedida de años conocí al amigo de mi hermana. Hablamos, nos reímos, vacilamos. Le pedí por favor no me volviera a llamar, que yo quería evitar problemas. Celebrando mi cumpleaños dos semanas luego me envía un mensaje y yo me encierré en un baño público para llamarle y de ahí nos prometimos volver a vernos el día después. No quería que aquel se diera cuenta de ninguna movida. En la noche tomó mi celular y no encontró lo que yo ya había borrado. Sin embargo, una persona mayor con mucho cariño me había felicitado “brujita, feliz cumpleaños” y entonces en cuestión de segundos ya tenía su mano en mi cuello, me reventó la cara y me dejo marcado los muslos.

Dos días luego, el estaba en su turno de trabajo y yo tome las llaves del carro y me fui para el sur de la isla. Me encontré con el amigo de mi hermana, le expliqué un poco la situación luego de que él gentilmente tocará aquel hematoma que cubría parte de mi muslo y aquella cara maquillada. Nunca olvidaré cuando aquella persona me dijo “ya es tiempo que salgas de esa relación“. Regresé a San Juan, hice mi bulto y volví a casa de un hombre a quien no conocía pero le daría las gracias por el resto de mi vida. Me dio un hogar en lo que hacía las gestiones para irme de San Juan y a su vez me dio la oportunidad de ser madre por segunda vez.

Mi segundo embarazo, el que nunca pensé sucedería y mucho menos de esa manera. El embarazo me dio el coraje de salir de aquella relación, me dio las fuerzas para continuar viviendo. La realidad es que mi bebé arcoíris me salvó. Quererla viva, me permitió a mi vivir. Cuando nació sentí tener la fuerza de una leona. Me sentía como una leona. A trece meses de su nacimiento... todavía soy una leona. Sufrí y aún sufro, de eso les podré escribir en otra ocasión. Sin embargo, hoy les escribo con intención de sanar. Hoy honro a mi bebé fugaz, que en otros cielos vive pero en el mío siempre es la estrella que más luz regala. Siempre le he escrito desde el duelo y hoy por primera vez le escribo desde la triste realidad.