Los agresores son "encantadores".

A veces cuando se piensa en una violación se nos dibuja en la cabeza una imagen fría, oscura, llena de dolor, sangre y gritos. Nuestra imaginación esta totalmente influenciada por el cine, los medios, las tan vistas novelas de la infancia. Definitivamente pasa lo mismo cuando imaginamos a una persona que agrede, a un agresor. La realidad está tan llena de matices, que simplificar eso a una descripción o un cúmulo de características inverosímiles nos aleja más de la compresión y el alcance del problema. Si nos vamos a la víctima, también solemos imaginar un rostro desdibujado, acongojado, falto de temple, ausente, triste como una animal lastimada (no digamos que nunca es así, porque lo ha sido) pero preguntémonos que sucede cuando el rostro que vemos no se parece a ese que imaginamos, cuando la reacción que esperamos es muy distinta a la que podemos presenciar.

Justamente, son esos imaginarios los que suelen limitarnos la compresión de lo que significa la violencia sexual. Ahí radica también la necesidad de validar y creer en las historias que no se nos asemejan al ideal mental y social que tenemos sobre como es una persona víctima, agredida y violentada. Lo mismo nos sucede con los demás tipos de violencia que no son física, esas que no podemos ver, como por ejemplo la violencia psicológica/emocional, que puede ser una conducta de desvalorización y descrédito por medio de la burla, de la humillación o el rechazo, entre otras formas que parecen más sutiles.

Como sociedad estamos buscando satisfacer nuestras propias definiciones de las cosas, nuestras maneras de comprenderlas o nuestras perspectivas y enfoques, y muchas veces en ese ejercicio del ego, solemos olvidarnos de lo que verdaderamente es importante, eso que siente y ha vivido la persona agredida y la necesidad de que construyamos una vida distinta y un trabajo de prevención y educación temprana sobre la violencia, apostando a una cultura de equidad.

En estos días he tenido varias experiencias con estos ejemplos, cuando hablaba con algunas jóvenes sobre la violencia sexual, el imaginario que tenían al respecto era quizá el más trágico y aunque triste para ellas y doloroso al empatizar, se seguía sintiendo y viendo como un asunto aislado, que le pasa a otras personas y no a nosotres. La misma impresión compartían al referirse de lo que suponemos es un agresor, no solo se miraba desde un lente que acumulaba características muy evidentes y malévolas, de alevosía y conciencia plena de los actos (que podria ser en algunos casos pero que no siempre es así) sino, que no se lograba relacionar tan fácilmente con la idea de la masculinidad y las expectativas alrededor de ser hombres. Esto aún sabiendo y comprendiendo que en la mayoría de los casos quien agrede es un hombre y quien es agredida es una mujer.

Estas conversaciones y el imaginario de la otredad, de las historias de las demás y no nuestras, ese distanciamiento de las conductas que muchas veces podemos reproducir nosotres que no solemos asociar de manera rápida con las personas que agreden o incluso que son agredidas, es justamente la razón por la que creo en el poder que tiene compartirnos las historias, las experiencias, sobre todo en casos de trauma, donde poder romper el silencio, es quizá una de las decisiones más difíciles. Si sentimos que no seremos comprendidas, que no nos van a creer, si pensamos que somos un caso aislado, un asunto poco probable, la culpa y el miedo probablemente nos detengan. Incluso si cuando hablamos, no nos acercamos al imaginario que se tiene de una agresión sexual y tampoco se puede asociar a quien nos agrede dentro de esas características estereotipadas de quien comente una conducta de violencia, entonces es probable que nos topemos con la revictimización, con la llamada cultura de violación, que culpa a la víctima de la violencia que recibe e ignora que en una agresión la culpa la tiene el agresor.

Una agresión sexual, puede ser un toque inadecuado y sin consentimiento a nuestras cuerpa, hasta un acto de penetración forzada, va desde lo que nos parece más sutíl hasta lo más burdo y puede suceder en cualquier relación en la que no se practique activamente el consentimiento, el respeto a la cuerpa y los sentimientos de la otra persona, donde no se espere un sí y se asuma, donde se haga caso omiso al NO solo porque "somos matrimonio" o "porque antes te gustaba" o "porque llevamos años juntes".

La realidad es que no existe un perfil exacto de los agresores, no siempre son los hombres más violentos, muchas veces son los más "amables", "caballerosos", "coquetos" y "encantadores". Los agresores de mi vida, ninguno parecía un agresor, poca gente me lo puede y podía creer, las violencia sexuales que he recibido en mi vida, en su mayoría han sido por parte de las personas con las que establecía relaciones amorosas. Muchas de las mujeres que conozco, que me han contado de sus historias, les sucedió igual. Las historias de agresión sexual, son más allá del imaginario burdo que nos inventamos como sociedad, desde el que reproducimos y perpetuamos más violencia, y revictimización. Las heridas, el trauma son para toda la vida, una vive después de eso, una es muchas historias más, sanadoras, liberadoras y poderosas, pero el trauma no es algo con lo que te topas un día y cuando te aburres lo sueltas y lo dejas colgado como un sombrero, el trauma es la herida y hacerse cargo de la herida, es dejar de esperar el golpe y el trauma no se supera, se revisita, y con eso se revisita el dolor, y con el dolor la rabia, y con la rabia, si se tiene el privilegio de estar informada, accesar a la educación, y de tener tribu, entonces se organiza la rabia, se convierte en energía y se invierte en reconstruir(nos) los huesos y transformar(nos) en la práctica consiente y constante de amar(nos).