Querida Luchona

Querida Luchona,

Te sentí en cada una de tus palabras. Te vi en esa silla en la oficina del médico con el IV inyectado en tu brazo. Te vi tratando de mantenerlo todo junto a lo exterior mientras que por dentro estabas en cantos. Te vi con el teléfono en la mano recibiendo ese (y muchos) mensaje(s). Te vi tratando de contextualizarlo todo, mientras el tiro se hondaba más profundo en el corazón. Te vi en esa casa, tuya, libre, pero a la misma vez tan confundida con la palabra y el sentimiento de esa libertad.

Te vi y te sentí. También me siento a mí.

Yo no soy mamá pero en algún momento casi lo fui. Aún a 13 años de ese embarazo, todavía recuerdo lo traumático que fue la experiencia. A las ocho semanas decidí abortar, sola y escondida. En temor de mi vida.

El papá no era mala persona. De hecho, era uno de mis mejores amigos. Pero ese papá y yo teníamos ideas muy distintas de lo que era una crianza para una criatura, y a la misma vez, la crianza nuestra como chamaquitxs de 15 años. Él era uno de seis hermanos. Todos los días me hablaba de lo orgulloso que estaba de su mamá por fajarse para sacarlos adelante, sola. Claro, yo también coincidía con eso. Pero la vida que papá comparaba no era la vida que yo quería. Me acuerdo el día en que me quedé viéndola, analizando a su mamá. Mis ojos fijados en cada uno de sus movimientos. Se movía como robot, automática; sin pensar, respirar, o parar. Veía en sus ojos una tristeza profunda. Como si supiera que merecía otra historia. En ese momento supe lo que era la mejor decisión para mí. Decidí abortar.

Pasaron meses que sufría sola con ese gran secreto. En temor que mi ex pareja se enterara que no había perdido el bebé como le había dicho. Que yo maté a su bebé. Lo expreso así porque durante el embarazo, esas eran las palabras que me decía. Me decía que él tenía la decisión final de lo que pasara con el bebé. Que yo no podía hacer nada sin su consentimiento. Y que si algo le fuese a pasar a bebé, que yo también iba sufrir las consecuencias. Así que por años, hasta este momento, mentí sobre mi propia decisión, sobre mi propio cuerpo. Mentí tanto por años que hasta yo misma me creí el cuento. No fue hasta hace poco, hasta este momento que decidí empoderarme de mi cuerpo y de mis decisiones.

Por años viví con ese trauma. Decidí que nunca iba volver a caer preñá. Desde el 2008 al 2016, YO usaba anticonceptivos. Y aunque me hacían sentir fatal, los usaba por el trauma de volver a pasar por lo mismo. Jamás quería tener un bebé.

En el 2018 conocí a un chico, rápido nos envolvimos. Yo insistía en usar condones, el insistía en pichar, y al final él ganó. Todavía me acuerdo la noche en que se pasó de la confianza. Eyaculó adentro sin decir nada. Recuerdo la rabia que me dio. Pensar en que mañana tendría que sacar de mi día para comprar la Plan B, de mi dinero, para seguir jodiendo mi cuerpo. Recuerdo preguntándole por qué lo hizo sin mi consentimiento. Su repuesta:“yo siempre lo hacía con mi ex y no pasaba ná”. Continuó hablando sobre los ciclos menstruales y el cuerpo femenino. Recuerdo sintiéndome bien chiquita. Esta persona con quien estoy confiando mi cuerpo, lo ve y lo trata como el cuerpo de su pareja sexual anterior. Sentía que no era suficiente mujer por no saber sobre la práctica anticonceptiva de los ciclos menstruales y sobre mi cuerpo. Me cayó encima un sentido de culpa por no protegerme más en todos los sentidos: físico, mental, económico, emocional, académico, etc. Volvió ese trauma que tanto luché por reprimir.

Al día siguiente fui al médico con la idea de comprar el Plan B e informarme más sobre las opciones anticonceptivas. Al llegar allí, me ofrecieron el DIU de cobre GRATIS. Me explicaron que tiene una efectividad del 99.9% si te lo pones antes de los cinco días de tener relaciones sexuales sin protección. Por mi situación económica y por el miedo de que esto volviera a pasar, decidí el DIU.

La experiencia fue sumamente traumatizante. En la oficina hacía un frio pelú y yo acostada en la mesa fría, semidesnuda. Tenía los pantalones hasta los tobillos y el médico entre mis piernas haciendo chistes. Después del dolor inmenso de la inserción, el médico me dio un kotex y se fue. Al irse caí en llantos. Estaba otra vez sola, en el médico, sangrando, tomando decisiones sobre mi cuerpo porque un hombre trató de quitarme ese poder. El poder de decidir cómo y cuándo gestar. Sin diálogo, sin consideración, sin consentimiento.

Continué en esa relación hasta hace poco. Lo más que me ha dolido de la separación no son las mentiras o sus conductas. No es su forma injusta de ser o los engaños. Ni siquiera los vicios o las faltas de respeto. Son los mensajes de textos que recibo, ya después de haber terminado la relación, que hablan de que quiere tener una familia conmigo. Específicamente una niña “salvadorican”. Como si yo fuera un fetiche o una fantasía. Su restaurante favorito donde va y viene.

Con él y con muchxs más me he dado cuenta que a veces los hombres o la sociedad ven a la mujer o la persona gestante como un cuerpo y más ná. Una vagina que traga y que a los nueve meses (y cuidao’) escupe. Un vientre que hornea y a su tiempo ya está. Sin la consideración de que este cuerpo tiene una mente que piensa, un corazón que siente, y ojos que lloran. Sin consideración de cómo lo exterior tiene impactos e implicaciones graves y dolorosas al interior. También sin consideración a los cambios físicos, psicológicos y sociales de nuestro cuerpo y nuestra vida. Traer vida a este mundo implica mucho. No solamente implica un embarazo, más bien se trata de una maternidad. Se trata de que sea elegida, decidida, y querida en todos los sentidos… con quién, cuándo, dónde y cómo.

Así que gracias Luchona. Gracias por contar tu historia e inspirar esta escritura. Somos muchxs que sentimos que merecíamos y merecemos una mejor historia. Gracias por tu fuerza y por tu voluntad. No estás sola.