Violencia Obstétrica: Una historia real.

En aquel momento de mi vida desconocía por completo el alcance de la violencia hacia las maternidades y las mujeres en sí. Con apenas 22 años y la inocencia de la vida en ese entonces, guiada más por mitos que realidades, viví la experiencia de la gestación y proceso de cesárea, desde lo que hoy reconozco, fue una dinámica violenta y atropellante.

En mí solo existía el temor a equivocarme y mucha desinformación. Por lo tanto asumía por correctas y absolutas las instrucciones del médico obstetra a quién yo sentía, le debía el control de mi cuerpo gestante y hasta mis más íntimas decisiones sobre el proceso de parto.

En esta falsa creencia me dejé llevar, asumiendo una maternidad 'responsable' desde el punto de vista que el obstetra tenía y relegando el control de todo el proceso. Era casi una tradición seguir las instrucciones de ese médico, que había atendido a todas las mujeres de mi familia, incluso mi propia madre. Las opciones eran pocas, pero aún así, no me conformé al recordar cómo un proceso que debía ser mío, pasó a ser de otras personas y perdió la magia y la hermosura que debía acompañarme.

Aquí les va mi historia, juzguen ustedes:

Completadas las 39 semanas de embarazo, con innumerables molestias (que hoy sé, son normales para el momento) llegué a la oficina del médico junto a mi madre y mi tía. Al llegar mi turno, el médico me examinó y me indicó que como ya estaba en término debía estimularme el parto. Había presentado contracciones irregulares toda la semana y mi bebé estaba en posición. Sin embargo el obstetra decidió romper el tapón, la membrana, para iniciar el parto.

En la camilla de la oficina introdujo su dedo y rompió mi fuente. Mi madre y mi tía casi se desmayan de la impresión. Una de ellas me agarraba de la mano, mientras la otra me acariciaba la cabeza, en forma de consuelo. De allí me enviaron a sala de emergencia para que fuera admitida a sala de parto.

Pasaron casi 3 horas antes de que llegara a sala de parto, yo estaba sola. Para entonces mi esposo y padre de mi bebé, se encontraba hospitalizado, enfermo de gravedad y le habían estirpado medio pulmón, no podía acompañarme.

Recuerdo que cuando ya estaba en el área de parto me aplicaron pitocina para acelerar el proceso. Para mí era un momento de mucha tensión, pues nada de lo que estaba ocurriendo era lo que había esperado y anhelado para ese momento tan esperado. Allí estaba a merced de lo que hicieran conmigo, vulnerable y asustada.

Luego de la pitocina, el efecto del medicamento, tampoco fue el esperado. Comencé a escuchar la máquina de monitoreo fetal incrementando su sonido y podía sentir varias contracciones y movimientos bruscos en mi vientre. Llame a la enfermera y al examinarme solo me dijo que algo andaba mal y se fue a buscar al médico.

El doctor llegó, me examinó, cotejó el monitor y me dijo; "Le voy a avisar a tu familia, tengo que hacerte una cesárea de emergencia". A pesar de mi insistencia para que me explicara, no hubo explicación en el momento. La enfermera comenzó a prepararme.

Al regreso del médico, quien había hablado con mi familia, le indagué nuevamente y le señalé que me sentía bien, que estaba fuerte. Le cuestionaba el por qué hacer una cesárea de emergencia. Como respuesta, recibí una palmada fuerte en mi rostro, por parte del médico, que a la misma vez me decía, con autoridad, que mi bebé estaba en fetal distress y que su vida estaba en riesgo.

Entonces me sometí a la situación sin otra alternativa aparente. Me anestesiaron dos veces, aún cuando pasaban el bisturí podía sentir cómo abrían mi piel. Podía ver a través del espejo de la luz de cirugía cómo manipulaban mi cuerpo y el de mi hija.

Duele recordar que mi frustración no quedó allí, pues cuando al fin nació mi hija, mi primogénita, por cesárea, la sacaron de mi cuerpo sin permitirme verla, tocarla, sentirla y se la llevaron de la habitación. Fue cómo si sacarán un objeto de mi cuerpo y no se tuvo la sensibilidad de que habían de llevarse a una persona que era mi hija. No supe si quiera si estaba viva, no la escuché llorar, no le ví respirar.

Nos separaron por muchas horas, yo había sido anestesiada dos veces y no pude pararme hasta 24 horas después. Nadie me llevó a mi hija, no pude amamantarla, no pude cargarla en brazos. Escuchaba a la gente describirme cómo era y cómo estaba, pero no se me dió la oportunidad de más.

Los días después de ese, también fueron duros, querían dar de alta a mi bebé antes que a mi, no tenía las fuerzas físicas para poder cargarla, o amamantarla. Cuando por fin pude ir a casa, tampoco podía moverme y cuando mi bebé lloraba, no me daba tiempo de consolarla primero, siempre alguien llegaba antes que yo.

Fue una recuperación muy dura y no es hasta hoy que cuento esta historia, que la pienso consciente del reconocimiento de la violencia obstetricia y de género, que sufrí entonces.

Esta es mi historia y al escribirla y revivir cada momento, entiendo cuanto toca sanar. Mientras la repensaba para poder contarla, se me asomó la catarsis, el llanto, la impotencia de no haber podido hacer más. Ahora, solo espero y deseo, que esta historia sirva a otras mujeres, que puedan apoderarse de sus procesos de gestar, parir y criar.

Anhelo que quienes hayan sufrido el trauma de la violencia obstetricia, sepan,que cómo yo, no estamos solas, podemos contarnos nuestras historias y apoderarnos. El proceso de san es arduo y atareado, pero tenemos nuestras experiencias, nuestras historias que nos marcan, nos unen y nos dan otra oportunidad de gestar la transformación.